miércoles, 5 de julio de 2017

Una ucronía literaria bajo árboles sin sombra*

Por Jessica Atal
Revista La Panera, Chile. 10.01.2017
 


 
«Viento blanco», de Carlos Almonte, no es, en rigor –según su autor-, un homenaje a Roberto Bolaño, sino “un gesto de amistad y de extrañamiento”. Una vez leída «Los detectives salvajes», surgió en Almonte la necesidad de volver a interactuar con los personajes de la novela. “Tenía ganas de saber más de sus vidas”.

No es fácil seguir el camino de Bolaño y muchos se pierden en el intento, pero en el caso de Almonte, escribió una buena obra, poética, atrevida, una historia que transcurre entre poetas “de putamadre”, de esos que “algo se traen entre rimas”.

Los capítulos se estructuran en torno a sus personajes favoritos: Font, Salvatierra, Lupe, Piel Divina, Belano… Aquí siguen con una “nueva vida”, en otros contextos, en un relato que da para “tanta posibilidad y sub-posibilidad y sub-sub-posibilidad”, que hasta la misteriosa Cesárea Tinajero, fundadora del movimiento de los “real visceralistas” en «Los detectives salvajes», reaparece con poemas y reflexiones, entre litros de tequila, como si la vida se tratara de episodios sueltos, desarticulados, cuentos sin final, armados por una sintaxis a veces abrumadora, suprarrealista. Los hechos parecen no conducir a ninguna parte, a pesar de la infinidad que se mencionan (no sabemos exactamente si ocurren o no), como si, al igual que pasa con los personajes, el relato perdiera “toda coordinación, toda conexión interna y externa”. Sin duda, se trata de un texto metaliterario, es decir, un texto que interactúa con otras obras literarias; en este caso, con la de Bolaño. En palabras de Almonte, es una “ucronía metaliteraria”, ya que si en una ucronía la trama ocurre en un mundo desarrollado a partir de un momento rastreable, en «Viento blanco», el punto de partida es también ficción, es otra ficción.

Esta es también una novela coral, donde conviven personajes, sus visiones y peculiares formas de actuar. Todos ellos, sus historias, manías o fetiches, confluyen hacia una búsqueda común, representada parcialmente en cada capítulo y, fundamentalmente, en la unión de todas las partes. Por esto, la novela se puede leer por capítulos, pero es la fusión total la que permite desentrañar su misterio. «Viento blanco» tiene una alta dosis lírica que transcurre en paisajes desolados, yermos, solitarios: tormentas de nieve, montañas lejanas, desiertos, lugares de la ciudad donde los personajes viven su soledad, etc. Pero nos quedamos, por cierto, con la sensación de que el destino final es hacia la nada, pues es allí, tal vez, donde se encuentren. Buena literatura, para lectores exigentes, sin ningún rasgo liviano.



*El título refiere a un artículo que versa sobre dos libros: Viento blanco (de Carlos Almonte) y Árboles sin sombra, volumen de cuentos de Graciela Pino Gaete. El artículo completo puede encontrarse en: http://www.lapanera.cl/una-ucronia-literaria-bajo-arboles-sin-sombra/






martes, 13 de junio de 2017

¿Por qué seguimos leyendo a Roberto Bolaño?

Por Jaír Villano
El espectador, Colombia. 21.12.2016



¿Es Bolaño tan grande como lo certifican las editoriales? ¿Por qué se sigue hablando del autor de Los detectives salvajes como un escritor de imprescindible lectura?

  

No sé los demás, pero la primera vez que leí a Bolaño sentí que era uno de esos autores que iba a inscribir, de entrada, entre los de cabecera. Los detectives salvajes es, sin duda, una novela ideal. Ideal, digo, para quienes transitamos por desiertos culturales; ser testigo de las aventuras de los poetas del real visceralismo era como ser parte de una realidad de la cual me hubiera gustado ser parte. Además de la poesía, estaban las hermanitas Font, ¿y a quién no le gustaría un affair con María y/o Angélica? La novela, por supuesto, es mucho más que eso. Es el viaje cruel y descarnado de un grupo de soñadores que caminan por el mundo creyendo que sobrepasarán los límites de la poesía, y a la vez es el fracaso de una generación iconoclasta, que termina padeciendo el poder del canon.

Algunos críticos la han querido equiparar con Rayuela y Paradiso. A mí me parece que por su crudeza es más cercana a las condiciones de los personajes de La ciudad y los perros. Y sin embargo es un libro auténtico, de ahí la potencia de su valor, pues su argumento es genuino y su estructura arriesgada, aunque en mi opinión a esa polifonía expuesta en la segunda parte le sobran al menos 100 páginas. Como en su otra gran obra, 2666, su urdimbre es liviana, sus personajes planos y sus acciones algo insulsas, casi superfluas.

De toda esa caterva de elogios, si usted lo quiere comprobar lea Palabra de América (todos montados en el bus Bolaño), el más descabellado ha sido Ignacio Echevarría, quien sin asomo de hipérbole sentenció que Los detectives salvajes es la novela “que Borges hubiera aceptado escribir”. De antemano, es poco cortés que dicha aseveración derive de un crítico. Y es que si hubo algo en lo que se esmeraba Borges era en la prolijidad del lenguaje, cualidad, dicho sea de paso, de la cual adoleció Bolaño y para eso baste con leer detenidamente sus libros, o esa crítica tan bien lograda que escribió Pablo Montoya en Literariedad.

Pero, vale, la pulcritud en las palabras no es un imperativo en la narrativa. Novelistas y cuentistas, grandes, con modesta prosa, es lo que sobran: Carver, Vargas Llosa, Franzen, Houellebecq, si de hacer una lista arbitraria se tratara. El quid es que Los detectives es una obra importante en las letras latinoamericanas, pero no es la gran obra, y la verdad es que no se acerca a ninguna de ellas. Los defensores acérrimos del chileno dirán que 2666 lo es, pero no. Tampoco. Bolaño, para resumirlo, es un escritor de divertimento, no de culto.

Es más: me atrevo a decir que en su grandeza hay más de marketing editorial que de prolijidad estética. Pues su obra está llena de altibajos. No hay que hacer una cartografía amplia, pero entre su legado dejó libros interesantes, como Estrella distante, y otros para el olvido, como Una novelita lumpen, y narrativa arriesgada (y borgiana, sí), como Palabra de América, y otra inane, como Amberes. Y lo mismo podría decirse de su narrativa breve. Unos domesticables, otros indigestibles.

Es irónico, pero sus amigos han hecho todo lo que él hubiera repudiado, pues como lo dije en otro artículo, Bolaño fue irreverente, “atacaba los consagrados, diría Villoro, y los defendía si tú los atacabas”. Lo que ocurre es que a veces uno soslaya (por la idea romántica que se tiene en torno a la cultura) que el capitalismo editorial es igual o más rampante que el otro capitalismo. Y entonces el marketing crea la necesidad y nosotros los lectores saciamos nuestra gula en las librerías. Y los magazines culturales no pueden resistirse a la tentación: ¡todos están hablando de ese autor!, y al menos deben tener una entrevista. Y hasta los críticos caen en la trampa y resuelven montarse al bus del éxito, pues es más difícil llevar la contraria.

Pero (lo diré en tautología): la buena literatura es la buena literatura. Y eso está por encima de todo. El mercado puede engolosinar a los lectores imberbes con sus nuevas estrellas, los abstrusos versos de Elvira Sastre, ejemplo de ello. (No es de mi incumbencia decirlo, pero es conocido lo letal que puede llegar a ser el azúcar).

Estuve hace poco en México, viendo en las vitrinas de las librerías las nuevas ediciones de Roberto con Alfaguara. La verdad, fue grato verlas, resultó un tanto voyerista, era ver en otro empaque eso que fue tan placentero. (Para ser sinceros, luego me espantó el precio).

Con todo, no he querido decir que Bolaño sea un mal escritor. Por el contrario, está entre mis preferidos. Lo que es lamentable son las reyertas extraliterarias que se han hecho con él y esa explotación de los que viven del muerto (pero un nivel mucho más avanzado que el de Romero y Ospina, claro).

Ya lo registraron en otro espacio cultural, Echevarría y la viuda Carolina López han desencadenado un escándalo sobre los derechos del autor de Llamadas telefónicas. Estoy seguro de que un miembro del realismo visceral hubiera defenestrado esta situación.





miércoles, 10 de mayo de 2017

¿Por qué buscar a Cesárea Tinajero en Los Detectives Salvajes?

Por Ana María López Jijón
Radiococoa.com. 01.04.2014





Primero, porque dentro de cada persona hay un detective. Alguien, como yo, que busca desesperadamente algo que sabe que existe, sólo que a veces las pistas no parecen tan reales. Vale la pena buscar a Cesárea Tinajero para así encontrar lo salvaje en las aventuras que forman parte de la vida, de la propia historia y que va más allá de las palabras, se inmiscuye con la poesía. Con cada página, escudriñamos desesperadamente las pistas que nos llevan hacia esta poetisa, como si ella fuera el centro de todo y la razón de ser del arte, para encontrarnos con nosotros mismos.

Segundo, porque al entrar en el mundo de Tinajero, estamos descubriendo a Roberto Bolaño. El poeta y escritor chileno nació en 1953 en Santiago, pasó su adolescencia en México D.F., publicó su primer libro en España y murió en este mismo país. Vivió y se formó como un narrador, dejando a su paso el rastro de una vida como un thriller, donde los personajes no existirían si él no los hubiese conocido antes en persona. En la novela Los Detectives Salvajes, por medio de la voz de Bolaño, el lector pasa a formar parte del grupo de poetas vanguardistas (los real visceralistas), que se encargaron de revolucionar -desde la literatura- el escenario artístico, y lo hicieron a su manera. Por eso, quienes van tras la búsqueda de Cesárea Tinajero son esos poetas relegados de formalidad que prefieren dejarlo todo, todo, antes de permitirse una vida lejana a la creación. Los personajes son poetas de la vida que no siempre tienen claro si existen fines prácticos o específicos. De hecho, se van contra esa idea progresista que inunda las galerías culturales. Son jóvenes y son rebeldes.

Tercero, porque el momento en que, como lector, empiezas a atar cabos que parecen sueltos, comprendes que hay algo dentro de la novela que es tan cotidiano pero de igual manera genial. Sabes entonces que te encuentras ante una obra maestra. Empezando por las piezas principales: los personajes. Por su lado y en conjunto, todos tienen un valor trascendental ya que representan un rol, una pieza estratégica que establece la prosa perfecta. Arturo Belano, por ejemplo, como una suerte de reivindicación del propio autor; Ulises Lima, es un poema en sí mismo: “Si he de vivir, que sea sin timón y en el delirio”; Joaquin Font es rima y verso que parecen sin sentido, entre la locura y la teoría de encontrar en la poesía lo más importante para vivir; Amadeo Salvatierra, un poema de fe y testimonio; María Font, uno de amor…

Cuarto, porque Los Detectives Salvajes es una novela que reivindica la pasión por la escritura. Al leer, sentía que algo crujía dentro de mi cuerpo mientras buscaba mi voz narrativa, como si  yo también fuera una detective; una cazadora de momentos que lo observa todo y tiene cada sensación por separado logrando así comprender, o intentando, eso que sucede a mi alrededor. Vale la pena buscar a Cesárea Tinajero para así encontrar una historia que constituye todas las historias, los testimonios y diarios de un narrador que se valió de otras voces, para encontrar la propia, y es única. Seguir el camino que siguen los detectives, es caminar sobre una ruta de veinte años que cuenta la historia de Roberto Bolaño, desde la ficción.





jueves, 13 de abril de 2017

En la ruta Roberto Bolaño. Una jornada en Blanes

Por Miguel Huezo Mixco
En FronteraD.com, 28.01.2016



Para Dani, el mejor guía turístico de Barcelona


¿Qué hago aquí?, me pregunté en voz baja, al no más descender del tren. Una sensación de incomodidad me recorrió el cuerpo cuando entré a la pequeña estación de Blanes. Viniendo de Barcelona, habíamos recorrido la costa poblada de ciudades, hoteles y balnearios donde apenas se miraba gente. La playa nudista de Massanes lucía desierta, pues era enero, y el frío comenzaba a hacerse sentir. En Vilassar de Mar un grupo de veleros, como mariposas mutiladas, hacían piruetas sobre un mar sin olas. Desde la ventana del vagón todo se miraba de maravillas, pero al llegar a Blanes...

Llegué para conocer el lugar a donde el chileno Roberto Bolaño llegó “de casualidad”, en 1985, y donde terminó escribiendo la mayor parte de su obra. Al bajar del tren, sin embargo, no hay ciudad. La estación está a unos cuantos kilómetros del pueblo. En el momento que busco el mapa en el teléfono aparece un enorme bus completamente vacío. Sí, va a Blanes…

Ahora conozco la razón de mi malestar, me digo. En mi interior no dejaba de sentirme un poco tonto y ridículo haciendo una especie de peregrinación. Algo similar me ocurrió unos años atrás en Albany, NY, frente a la casa donde vivió Herman Melville, y, de súbito, mi entusiasmo se transformó en incomodidad, al punto que ni siquiera quise apearme del carro.

El bus se detiene en la plaza de España, en el centro de la ciudad. No sé por dónde comenzar el recorrido. Por toda señal, llevo anotado el nombre de la calle donde vivió Bolaño: el Loro, que he encontrado la noche anterior en internet. Un animal, pienso con cierta saña, que encarna bien la figura del literato. Sino, recuérdese el cotorro disecado que Flaubert hizo traer de un museo, y que terminó arrojando al fondo de un armario.

Blanes es, pues, el armario de Bolaño, me digo, mirando en redondo, desde las gradas de la cafetería Els Terrassans, un amplio salón de aire decadente, repleto de parroquianos locales. Francisco, el mesero que nos atiende, tiene más de 30 años trabajando en el lugar. Habrá visto de todo. Entonces, le suelto a boca de jarro la pregunta que le habrán hecho muchos:

—¿Conociste a Bolaño, el escritor?

Su respuesta se repetirá, una y otra vez, como era de esperarse.

—Sí, claro, lo conocí.
—Te lo habrán preguntado tantas veces…
—En los últimos años, menos. Recién muerto [Bolaño] vino mucho periodista. Ahora, no tanto.

Como sospecho que mi malestar, al que se ha agregado cierto escalofrío, está relacionado con el clima, pero también con el hambre –por causa del jet lag mis horarios de comida y sueño están completamente trastornados– dejo en paz al camarero para dar cuenta de mi desayuno. Veo el mapa. Sorpresa. La calle del Loro está a unos pocos pasos. La carrer Ample se atraviesa de dos zancadas. En las aceras hay ventas de calzado y de ropa. La gente camina sin prisa. La mayoría son viejos. Bordeando la plaza, a mano izquierda, hay una callejuela estrecha. Buscamos la casa familiar del escritor, y no tardamos en dar con ella. Misión cumplida. No se me ocurre nada más que hacerle una foto, una foto muy aburrida, pues la pequeña fachada es blanca, y la puerta, pues, es una puerta oscura con unos detalles de hierro, o algo así.

Decidimos seguir la calle para saltar a la carrer Gibert, pero apenas hemos dado unos pasos cuando me llevo una tremenda sorpresa: una placa de colores rojo y negro, como la enseña sandinista, da cuenta de que estamos frente a lo que fuera el estudio de Bolaño. Al lado, un cartel en catalán, castellano, inglés y francés, detalla la existencia de la Ruta Roberto Bolaño.

La ruta fue estrenada por el ayuntamiento en ocasión del décimo aniversario de su muerte. Como supe después, en el sitio web de la Biblioteca comarcal de Blanes se encuentra información sobre ese recorrido donde se mezclan sitios claves para conocer ese tramo de la vida del autor con referencias propias de TripAdvisor.

Estamos en el lugar 13 de 17 sitios que, de acuerdo con lo que leo, reconstruyen el espacio vital del Bolaño. Por ningún lado leo, sin embargo, nada relacionado con la casa de Valldoreix, que compartió intermitentemente con Carmen Pérez de Vega, la mujer que vivió con él sus últimos días, y que el 1 de julio de 2003 llevó al escritor, que escupía sangre, al hospital Vall d’Hebrón, de Barcelona, donde moriría unos días más tarde.

Con ayuda del teléfono y preguntando comenzamos a desandar el camino. El 1, cómo no imaginarlo, corresponde a la estación del tren. El 2 corresponde a la tienda de bisutería que montó junto a su madre, recién llegado a la ciudad, en 1985. Bolaño venía de Girona, donde conoció a la catalana Carolina López, quien se convertiría en su esposa ese mismo año. El 3, al Antiguo Hogar del Productor, que en realidad es un bar. El 4, alquiler de vídeos propiedad de un tal Narcí Serra, pero no dimos con el lugar, y nos encaminamos en otra dirección. Así, dimos con el mojón número 15, el de la papelería Bitlloch, en la carrer Ample, donde ahora se encuentra una reluciente tienda Benetton.

El nuevo local de la papelería está muy cerca de allí, en el número 8 de la carrer Nou. En lugar de “las chicas guapas y simpáticas” que trabajaban allí, según escribió Bolaño, nos encontramos con el amigable propietario, a quien le hice la misma pregunta que al camarero del Terrassans.

Nos retiramos en busca de Joker Jocs, el número 11 de la ruta: una pequeña, surtida y maravillosa tienda de juegos, electrónicos y de mesa, rompecabezas, aviones y barcos para armar. El lugar estaba colmado de clientes. Compré un sobre sorpresa de la nueva colección de Los Simpson, de Lego, para conseguir aproximarme a la caja y hacerle al dependiente la misma pregunta que le hice al hombre del Terrasans y al dueño de la Bitlloch. Me respondió que no, que quien lo conoció fue su padre, que estaba al lado, pulsando afanosamente la caja registradora. Su mirada me bastó para adivinar lo que pensaba. De todos modos, ya conocía su respuesta.

Saltamos a la carrer de Bellaire, en dirección al passeig Cortils i Vieta, frente a la bahía, para mirar La Palomera, el impresionante montículo de roca que entra en el mar, considerado el punto donde comienza la Costa Brava. La estancia fue breve. Me picaba el cuerpo. Miré debajo de mi ropa y me di cuenta de que estaba pringado de manchitas rojas. Soplaba un viento frío. Era hora de volver.

En algún lugar Bolaño escribió: “Blanes es más antigua que Nueva York y en ocasiones parece una mezcla rabiosa de Tiro, Pompeya y Brooklyn”. Las antiquísimas ciudades de Tiro y Pompeya han sido declaradas por Unesco como Patrimonio Universal de la Humanidad. Brooklyn, una ciudad de inmigrantes, es una de las mecas de la cultura hip hop. Por más que me retorcí el cerebro, no conseguí imaginarla en esos términos. Qué duda cabe: el fértil verbo de Bolaño convirtió a Blanes en un lugar de ficción.



Fotografía: Miguel Huezo Mixco

   

* Miguel Huezo Mixo es poeta, novelista y ensayista salvadoreño. En Archivo Bolaño ha publicado también: “Roberto Bolaño en El Salvador: Supremo jardín de la guerra florida”: http://garciamadero.blogspot.cl/2011/04/roberto-bolano-en-el-salvador-supremo.html

  


jueves, 16 de marzo de 2017

Las otras apropiaciones de Borges y Bolaño

Por Jorge Carrión
The New York Times.es. 06.12.2016
 



Es un error considerar que la gestión que las viudas hacen de los legados literarios no es literatura. Como nos enseñó Pierre Bourdieu, el campo literario es una zona de fuerzas sociológicas donde el poder, la industria, la clase o el género son casi tan importantes como los meros textos. La literatura es también su circulación y sus lecturas.

Entre la gestión de María Kodama y la de Carolina López, de los legados de Borges y Bolaño, respectivamente, existen claros paralelismos. Ambas se han confiado al agente literario Andrew Wylie. Ambas han publicado una ingente cantidad de materiales inéditos. Ambas han implicado a abogados para que protejan sus intereses.

De las entrevistas a Kodama no se deduce en ningún momento que entienda realmente la poética de Borges. De modo que la voluntad del difunto (que su albacea fuera ella) parece colisionar tanto con su propia herencia (lo giros borgeanos) como con los nuevos paradigmas de la cultura (el apropiacionismo, el remake, el remix, internet). Esa colisión se está produciendo en términos legales y no sólo filosóficos y artísticos. Así lo demuestran el pacto al que llegaron los abogados de la editorial Alfaguara y los de Kodama, a raíz de la publicación de El hacedor (de Borges). Remake, de Agustín Fernández Mallo —donde el autor español versiona cada uno de los poemas y relatos del libro original— que supuso retirar los ejemplares del libro y convertirlo en una obra fantasma; y la querella penal contra el autor argentino Pablo Katchadjian por El aleph engordado, que sigue su curso en los tribunales, entre otros casos que probablemente no hayan llegado a ser públicos.

El martes 23 de noviembre se dictó el procesamiento contra Katchadjian. Se le acusa de “defraudación”, una etiqueta genérica para referirse a delitos como la estafa. Según las últimas declaraciones del abogado de Kodama, Fernando Soto, el escritor “Katchadjian dice que fue un experimento, pero no fue ningún experimento. Copió y adulteró”.

¿Un experimento artístico, incluso científico, no es tantas veces precisamente copia y adulterio? Defraudar significa causar un perjuicio patrimonial. ¿Qué entienden por “patrimonio” los abogados de Kodama? ¿El corpus borgeano? Según La Nación, Soto declaró que el hecho de que Katchadjian publicara solo 200 ejemplares de El aleph engordado es irrelevante, porque si no defraudó dinero sí defraudó notoriedad. Los abogados de Kodama le ofrecieron al escritor experimental que pagara un peso simbólico, acompañado de una disculpa pública; y él se negó. Significaría aceptar que su libro fue un error. Y, por el contrario, fue un homenaje a Borges, un bello experimento literario.

En el capítulo que la crítica y narradora Graciela Speranza le dedica a Borges en Fuera de campo. Literatura y arte argentinos después de Duchamp (Anagrama, 2006), reproduce a modo de epígrafe estas palabras del maestro: “Si no repito a los otros, me repito a mí mismo. Quizás yo no sea otra cosa que una repetición”. Borges se revela como el Duchamp de la literatura. En su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote” ejecuta un gesto equivalente al que Duchamp realizó pintándole el bigote a la Gioconda y afeitándoselo después: demuestra que dos fragmentos idénticos de Cervantes, separados por 300 años de historia, tienen significados muy distintos. En otro ensayo imprescindible, Los muertos indóciles. Necroescrituras y desapropiación (Tusquets México, 2013), Cristina Rivera Garza dice que los escritores del siglo XXI también son recicladores, usuarios del copy and paste, recreadores: alquien que “cura las frases que habrá de injertar, extirpar, citar, transcribir”.

Pero las leyes de la propiedad intelectual, aprobadas en un mundo sin internet, son incapaces de ser justas con los modos en que creamos hoy. Sí amparan a la perfección, en cambio, la proliferación comercial de textos con la marca de autores famosos.

Después de la selección que hizo Borges para sus Obras Completas, sorprende que Kodama haya publicado tantos libros inéditos. Algunos de ellos indican desde la portada que se trata de textos “recobrados”; otros, en cambio, conviven en las estanterías de las librerías con sus títulos fundamentales. Las tres novelas inéditas de Bolaño (El Tercer Reich, Los sinsabores del verdadero policía y El espíritu de la ciencia ficción) son en verdad proyectos inacabados que no deberían confundirse con sus obras maestras. Que Bolaño no las destruyera no significa que quisiera que se publicaran en Anagrama o en Alfaguara como libros definitivos. El archivo se podría haber prestado o vendido a una universidad de prestigio norteamericana, accesible para los estudiosos. Las novelas inconclusas se podrían haber publicado en un volumen de “Textos recobrados”, que dejara claro desde el título que no estaban a la altura del resto de su producción literaria.

Tras algunas entrevistas en que había hablado de su función, López ha publicado recientemente un artículo sobre esas cuestiones. De él se deducen dos datos: por un lado, que no tiene un nivel demasiado alto de redacción; por el otro, que tiene un problema grave con Carmen Pérez, la última compañera o amante de su marido. El primer dato es irrelevante para el buen ejercicio de su profesión (educadora social), pero arroja dudas sobre el ejercicio de su función como editora de los originales de Bolaño. El crítico y editor Ignacio Echevarría no es santo de mi devoción, pero sin duda hubiera sido mejor albacea literario. Eso significa que, al nombrarla a ella y no a él, Bolaño tal vez hizo lo mejor para sus hijos, pero quizá no lo mejor para su obra. El segundo dato se manifiesta de un modo freudiano (dice que no va a decir lo que, a renglón seguido, dice) y no es más que un eco de una acción que han llevado a cabo sus abogados: amenazar por escrito con una demanda a los periodistas y editores que han mencionado en artículos y libros a Carmen Pérez (y a ella).

Para entender todas estas acciones de López y de Kodama sólo se me ocurre una opción: la relectura radical de la historia de la apropiación. Si bien es cierto que todos los artistas han copiado, adulterado, experimentado, defraudado, estafado —en fin: creado—, es a partir de Walter Benjamin, Marcel Duchamp y Jorge Luis Borges que el apropiacionismo se vuelve contemporáneo. El giro más radical lo protagoniza Sherrie Levine en 1981 cuando expone en el Metro Pictures Gallery de Nueva York: After Walker Evans: fotografías de las fotografías de Evans (el famoso fotoperiodista de la crisis del 29). Fue denunciada por sus herederos. Donó las imágenes al Estado. Ahora están en el mismo MOMA que atesora tantos readymades.

Como vuelta de tuerca de la vuelta de tuerca, en 2007 el artista español José Manuel Ballester inició el proyecto “Espacios ocultos”. Fotografió grandes obras de la pintura universal y, pacientemente, las vació de sus personajes. Así “El jardín de las delicias” de El Bosco se convirtió en “El jardín deshabitado” (2008) y “Cristo agonizante con Toledo al fondo” de El Greco se transformó en “Lugar para la crucifixión” (2013).

¿No es exactamente ésa la doble operación que están realizando Kodama y López? Por un lado, están borrando a varios amigos y amigas de Borges y de Bolaño. Por el otro, se están apropiando de sus textos. Miro la página de créditos de las Obras Completas. Edición crítica (Emecé, 2009) y me encuentro “© 1989, María Kodama”. Miro la de El espíritu de la ciencia-ficción (Alfaguara, 2016) y leo: “© Herederos de Roberto Bolaño” y, en la página siguiente, “Para Carolina López”.

Pero sin duda Kodama va mucho más lejos, es mucho más borgeana. Acaba de publicar en Lumen: Homenaje a Borges, en cuya página 201 cuenta cuando, todavía niña, se enamoró de él, y cita estos versos: “I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my / heart; I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat“. Y en la página 258 cuenta lo mismo y cita estos otros: “I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my / heart; I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat“. Los cuatro son de Borges. Pero la segunda cita es sin duda superior a la primera. Escritos en inglés por un escritor argentino en los años 30 los versos pueden ser leídos tanto como un homenaje a su otra lengua literaria o como un gesto snob. Reproducidos doblemente, en nuestra era del copy and paste, por quien atesora sus derechos de reproducción, el gesto sólo puede ser interpretado como una genialidad apropiacionista. Kodama repite el procedimiento de “Pierre Menard, autor del Quijote“, pero lo hace al amparo de la legalidad. Doble vuelta de tuerca. Doble salto mortal.

Envalentonado por la perversa argumentación que voy construyendo, empiezo a ver a Kodama y a López como grandes apropiacionistas, en un nuevo sentido, todavía no codificado por la historia del arte. Tal vez en 2666 sean consideradas artistas punks, estrategas conceptuales que se vengaron del heteropatriarcado, del canon masculino, de la tonta fe de nuestra época en la autoría.

Pero no olvidemos que los muertos son indóciles.

Ni que en “El Aleph” Borges incorpora, copia, parodia elementos de El Infierno de Dante, en cuyo cuarto círculo se encuentran los avaros, en cuyo sexto círculo residen los herejes, en cuyo octavo círculo —en fin— arden la vida eterna los fraudulentos, tan cerca de Lucifer, eternamente congelado.

Qué suerte que no existan ese tipo de infiernos.

O que no sean metafísicos, sino sólo mentales.

Tan humanos.









lunes, 13 de febrero de 2017

Autoayuda para letraheridos

Por Carlos Pardo
El País. 08.11.2016


 
La posteridad de Roberto Bolaño vive un momento complicado. Por una parte, se acepta su canonización en el mercado y los estudios académicos, a veces como caricatura posmoderna del artista maldito. También, como consecuencia de lo anterior, cada vez más escritores y críticos se atreven a enmendarle la totalidad con una extraña (y mezquina) maniobra de compensación de la fama: Bolaño es un bluf, dicen éstos, cuya popularidad ocultó a los verdaderamente buenos. Además, Bolaño sigue siendo un autor con una legión de imitadores. Se imita, sobre todo, su capacidad para reconciliar, con una mezcla de compasión y orgullo, a escritores y lectores con el “fracaso sublime” de una comunidad secreta: en cierto sentido toda la obra de Bolaño podría considerarse una especie de “autoayuda para letraheridos”. Por último, añadamos otro prejuicio que atañe a la recepción de sus libros póstumos, a las suspicacias que despierta el trabajo de los herederos con los materiales iné­ditos de un autor de éxito. Por todas estas razones, probablemente se espere de esta reseña un juicio contundente y desmesurado, no estrictamente literario: quizá saludar una “obra maestra desconocida” o bien señalar un “fraude de los herederos”.

El espíritu de la ciencia-ficción no es ninguna de las dos cosas. Sintetizando, es una novela primeriza (fechada en Blanes en 1984 y, a juzgar por las notas que acompañan esta edición, abandonada) que anticipa temas, personajes y modos de dos de sus obras más logradas: Estrella distante y Los detectives salvajes. Porque El espíritu de la ciencia-ficción es una novela con buena escritura y momentos brillantes, pero que aún no ha dado con la clave (una iluminación formal ligada a las tramas detectivescas) que hará sostenerse su mundo en las dos novelas citadas.

Avancemos algunos detalles de su trama que resultarán familiares a los lectores de Bolaño: Jan y Remo, dos jovencísimos poetas chilenos emigrados durante la dictadura, viven en una buhardilla de Ciudad de México en los años setenta. El peso de la narración recae en Remo, que describe en primera persona a su romántico amigo y sus aventuras en horas inciertas, talleres literarios, amaneceres de la ciudad y fiestas imprevistas con otros tantos jóvenes hermosos y vencidos: el poeta motorista José Arco, las hermanas Torrente y Laura, femme fatale de la que Remo se enamora. Abundan las fórmulas duales para definir su vida de bohemia: “miserables y luminosos”, poseídos por “el virus de la tristeza y de la exaltación”, uno de ellos “superdeprimido pero también superfeliz” por una mezcla de “bellecita y miserita”.

Mientras Remo narra y vive en el exterior de la Ciudad de México una pesquisa detectivesca (el misterioso caso de la proliferación de revistas literarias a finales de los setenta), Jan (alias Roberto Bolaño), encerrado en la buhardilla, manda cartas a sus escritores predilectos de ciencia-ficción en las que, irónicamente, pide ayuda para la Latinoamérica abandonada, oprimida por la política exterior de Estados Unidos.

A la narración de Remo y las cartas de Jan añadamos la entrevista a un escritor recién premiado: la trama de la novela galardonada se convierte en la excusa para una deriva ensoñada que comienza en la Universidad de la Papa (sí, de la patata) y termina con las campañas rusas de Guderian y los tanques alemanes de la Wehrmacht como fondo impreciso.  




Si hacemos caso a las notas de Bolaño, otras tramas quedaron sin desarrollarse en un hipotético final: un capítulo dedicado a los poetas motoristas y otro a la participación de los dos protagonistas en la guerrilla.

Pero con los materiales de que disponemos es evidente que algo no cuaja. La débil trama detectivesca de las revistas literarias, por un lado, y el tratamiento de la guerra, casi siempre periférico, por otro, no ayudan a apuntalar la historia de formación de Remo y Jan, cuyos mejores momentos se leen como escenas aisladas: Remo aprendiendo a montar en moto con José Arco por la desordenada Ciudad de México, entre una lluvia nocturna y un amanecer, por ejemplo, o el hermoso fragmento en que Remo despierta a la sexualidad con Laura en una cartografía de los baños públicos de la ciudad, titulado Manifiesto mexicano y posteriormente incluido con leves variaciones en La Universidad Desconocida, recopilación de la obra poética temprana de Bolaño.

Estas y otras escenas bastarán para satisfacer a los bolañistas, pero, puestos a soñar qué sorpresas podrían salir en el futuro de la chistera de los inéditos, uno hubiera preferido la rotundidad de alguna obra breve con mérito propio (pienso en Amuleto) y no el anuncio del autor que sería y de los tics más imitados por sus epígonos: la conciliadora sublimación de la vida miserable como obra literaria, las subtramas de nazis y conspiraciones, chistes para lectores eruditos, reivindicación de la cultura popular y un romanticismo cercado por la violencia y la insignificancia.




martes, 27 de diciembre de 2016

Homenaje internacional: ¿Qué tienen en común Barcelona, Gerona, Blanes, Ciudad de México y nuestra ciudad de Los Ángeles?

Por Leonardo Riquelme
La Tribuna. Los Ángeles, Chile. 12.12.2016 

 

A simple vista no hay comparación entre la Ciudad de México, la urbe más populosa de América y receptáculo de artistas; Barcelona, el nuevo polo artístico-culinario-cultural del mundo; Gerona y Blanes, hermosas ciudades catalanas a un paso de idílicas costas del mediterráneo, y nuestra creciente y pujante ciudad en el corazón de la región del Biobío.

Sin embargo hay algo secreto en nuestras calles, memorias en barrios tradicionales, historias en salones derruidos de un viejo edificio liceano y recuerdos de muchos angelinos que nos hermanan a esas ciudades. Un hombre. Un escritor salvaje.

En 2003 se apagó la vida de este hombre que fue un angelino más en la década de los sesentas. Había dejado la ciudad y el país, pero caminó por nuestras calles, estudió en nuestro liceo más emblemático y en Los Ángeles decidió convertirse en poeta, en escritor. Decisión que hizo realidad a duras penas y como premio logró encumbrarse en lo más alto del mundo literario internacional.

Críticos y medios intelectuales de renombre lo catalogan al lado de Borges y Cortázar. Su obra ha sido elegida como una de las mejores de la lengua hispana superando a escritores de renombre. Y aún pueden verse angelinos, vecinos nuestros, que son familiares cercanos del ciudadano Roberto Bolaño.

La relación de Roberto con Los Ángeles es desconocida para la mayoría de nosotros, sin embargo, su historia surge con la llegada de la familia Bolaño a principios del siglo pasado desde España.

Cuando hablamos de alguien cuyas novelas, cuentos y poesía han sido traducidos al inglés, francés, italiano y alemán entre otros; cuando hablamos de alguien a quien le han hecho documentales y sus libros han llegado al teatro y al cine, cuesta creer que su padre nació en esta ciudad y que él mismo vivió parte importante de su adolescencia acá. El escritor Roberto Bolaño nació en Los Ángeles y es necesario que homenajeemos su memoria.

Tenemos la oportunidad única de hacer justicia con el hombre, el adolescente, el liceano, el joven que germinó literariamente en esta ciudad. Tenemos la oportunidad de dar renombre al antiguo edificio del ex internado del Liceo de Hombres que pronto renacerá en un nuevo centro cultural para la provincia. Tenemos la oportunidad de hacer que el Centro Cultural Roberto Bolaño sea un faro mundial que posicione a la ciudad en el mapa internacional.

Ya no sólo Barcelona tendrá su homenaje en la calle Tallers; Gerona, la calle Roberto Bolaño; la Biblioteca Comarcal de Blanes, su sala en honor al chileno; la Universidad Diego Portales, su cátedra abierta; el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile, su premio Roberto Bolaño a la creación literaria joven; Quilpué, la placa que lo homenajea; salones internacionales y ferias del libro en Europa y América tendrán sus homenajes, y la Ciudad de México, una ruta turística de Bolaño; pero Los Ángeles, no Los Ángeles de California, nuestra ciudad salvaje, tendrá un centro cultural que llevará su nombre y eso es necesario como angelinos que somos.



El Liceo de Hombres, “diseñado por algún ayudante del diablo”, 
donde estudió Bolaño la secundaria y que próximamente será un centro cultural.




jueves, 22 de diciembre de 2016

“No ejerzo de viuda de Roberto Bolaño”

Por Javier Rodríguez Marcos
El País, España. 30.11.2016



 
Si hay dos escritores de los que se hable sin cesar en la Feria del Libro de Guadalajara esos son Mario Vargas Llosa y Roberto Bolaño. El peruano, homenajeado por sus 80 años, fue omnipresente los tres primeros días. El chileno, fallecido en 2003 a los 50, será el gran ausente durante esta semana dedicada a una literatura, la latinoamericana, que hace tiempo que lo consagró como el penúltimo gran maestro. No hay coloquio en el que no se pronuncie su nombre.

Este martes, además, el escritor y cineasta Guillermo Arriaga y el crítico Christopher Domínguez Michael presentaron por todo lo alto El espíritu de la ciencia-ficción, una novela inédita ambientada en la Ciudad de México, escrita en 1984 y que ha supuesto un sonado cambio de editorial por parte de los herederos de Bolaño. A partir de ahora será Alfaguara, y no Anagrama, la encargada de publicar la obra del autor de Los detectives salvajes. Entre este año y el que viene, serán 21 los títulos que el sello propiedad del grupo Penguin Random House pondrá a la venta tanto en formato trade –el de las novedades-, como en bolsillo y electrónico.

Horas antes del acto público -en el que se ponderó a Bolaño como “un tipo extraño de escritor mexicano: un chileno chilango”-, Carolina López, su viuda, habló durante una hora con la prensa. Lo hizo con toda naturalidad pero rodeada por los editores de Alfaguara de México, España, Chile y Colombia. Entre los periodistas, además, se sentaban su hijo Lautaro, de 26 años, y su agente literario, el estadounidense Andrew Wylie, al que acompañaba Cristóbal Pera, responsable de la división de lengua española de la agencia que gestiona los derechos mundiales del autor de 2666 al lado de los de creadores como Borges, Andy Warhol o Bob Dylan.



López explicó la organización del Archivo Bolaño, que atesora en Blanes (Girona) las 14.374 páginas que Bolaño dejó al morir en “varias pilas de papeles” y de las que ha salido El espíritu de la ciencia-ficción. 84 libretas, carpetas recicladas una y otra vez, libros de poemas distintos que combinan los mismos versos y casi un millar de cartas, junto a cientos de recortes, revistas y fotos, forman parte de un archivo que ya está digitalizado y ha empezado a recibir consultas de estudiosos de todo el mundo. Para López, el valor de un material así es que permite seguir el método de trabajo –notas de escritura, borrador y redacción en limpio- de un autor que tuvo su primer ordenador en 1995, que quiso ser escritor desde los 17 años, empezó a publicar a los 43 y murió a los 50. “Entre los 17 y los 43 escribió mucho, por eso hay tanto material”, dijo, “…todavía está por evaluar cuánto de lo inédito es publicable”.

Consciente de las suspicacias que ha despertado el cambio de editorial y el hecho de haber relegado al crítico Ignacio Echevarría, hasta ahora principal asesor literario del legado de Bolaño, Carolina López se hizo a sí misma la pregunta más comprometida: ¿habría publicado el propio Bolaño El espíritu de la ciencia-ficción? “La premisa es falsa porque él no está”, se respondió. “Es posible que no porque iría publicando lo que estuviera escribiendo, pero seguro que estaría contento de que se publicara ahora”. Echevarría publicó un artículo que respondía a su vez a otro de López, también publicado en estas páginas. Entre otras cosas, el crítico afirmaba que fue él quien, venciendo las reticencias de la viuda del escritor, impulsó la publicación de sus primeros inéditos. ¿Fue así? “Todo lo que tenía que decir lo dije ya en el artículo de El País”, contestó López. “Solo añadiré que sin mi autorización no se hubiera publicado nada. No recuerdo haber sido reticente. Los primeros años fueron muy duros. Mi hija, Alexandra, tenía 2 años y Lautaro, 13. Y acababan de perder a su padre. No sé si [Ignacio Echevarría] se refiere a eso, pero cuando los chicos eran pequeños estábamos en otras cosas. El ritmo de de una familia y el de valoración de un archivo no son el mismo. Cuando los chavales han crecido he podido dedicarme más a esto”.

Preguntada por el posible paralelismo entre su figura y la de María Kodama, viuda de Borges, López fue rotunda: “Es un orgullo que me comparen con ella. Solo hay que ver dónde y cómo está la obra de Borges. Ha hecho un gran trabajo para preservarla y difundirla”. Luego agregó: “La viudas arrastran un estigma, son víctimas de un estereotipo machista. Cuando mis hijos se ocupen del legado de su padre, ¿también serán viudas? Yo no ejerzo de viuda de Bolaño igual que antes no ejercía de ‘señora de’”.

Horas más tarde, el mexicano Christopher Domínguez Michael, autor del prólogo de El espíritu de la ciencia-ficción, recordó que Bolaño estuvo enfermo mucho tiempo, por lo que “podría haber destruido lo que sabía que, a su muerte, iba a ser publicado; pero era consciente de su estatura de clásico”. El crítico añadió que no había conocido al escritor en los años en que este vivió en México y que tampoco tenía nada que ver con el archivo: “No dejo pues que me regañen albaceas despedidos”, dijo en referencia a las críticas de Ignacio Echevarría a la edición de una novela que el propio Domínguez Michael considera de mayor interés que inéditos como Los sinsabores del verdadero policía o El Tercer Reich. No es, subrayó, un “agregado inútil” sino una de las “piezas fundamentales” de la obra del autor más influente de la literatura latinoamericana del cambio del siglo XX al XXI. Solo hay que dar una vuelta por la FIL para comprobarlo.